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Códice Calixtino: al final era una cuestión de lindes

06/07/2012, por Alejandra Juno

Cualquiera que me trate sabe que estoy enamorada de Santiago de Compostela. No me hace falta abrir la boca. Se me nota en la mirada. Tal es mi pasión por mi ciudad natal, que hasta le he dedicado un libro. Santiago no es solamente una ciudad de una belleza inconmensurable. También es una ciudad marcada por el genio. Sólo un genio muy grande ha podido crear y mantener una cuestión como la del Apóstol Santiago, inventar el turismo de larga distancia, alimentar toda una red de transmisión continental de cultura y colocar a lo que era un villorrio, en el mapa mundial a través de los tiempos. Santiago se las ha arreglado para atraer al fin del mundo, literalmente, a millones de peregrinos desde el siglo IX convirtiéndose en un ejemplo fundamental para entender Europa. Y con todo, pese a tanto cosmopolitismo, nunca ha dejado de sorprenderme el aire tradicional, costumbrista, que aún a estas alturas, sigue manteniendo Compostela. Y no digo esto como una crítica, sino con estupefacción. Lo poco afectada que se ha visto la ciudad con tal flujo de visitantes. Como si no fuera con ellos.

Cuando hace ahora un año nos enteramos de que el Códice Calixtino había sido robado, recibimos la noticia con extremo disgusto. Como el resto de Compostela, no tiene la popularidad que por derecho le corresponde, pero nadie puede negar que este Códice es uno de esos libros que no tienen valor. Baluarte de nuestra cultura. La primera guía turística del mundo. Y emergía ese costumbrismo típico de Santiago, suspendido en el tiempo, con la inocencia propia de una ciudad de fábula. ¿Pero qué medidas de seguridad eran esas, que aparecía la cámara acorazada incluso con la llave puesta? Santiago continuaba viviendo en su torre de marfil, como si siguieran siendo los mismos de siempre, como si el mundo no fuera un lugar peligroso y todos fuéramos familia. Santiago seguía siendo la misma ciudad en la que mi padre creció jugando a la pelota en el claustro de la Catedral. Compostela aún no se había enterado de que hay que tener cuidado ahí fuera.

Y con todo, pese a la aflicción, creo que hablo por boca de muchos cuando digo que, pese a todo, cierto gustillo nos recorría el cuerpo por dentro. Entrábamos en la historia del siglo XXI. Ya éramos víctimas de ladrones de altos vuelos. Por fin alguien se hacía eco de lo grandes que somos. Yo me imaginaba a Sean Connery suspendido de unas garruchas haciéndose con el incunable. Hollywood comprando la historia. Las discusiones sobre si había sido un robo de ladrón de guante blanco o el encargo de un coleccionista. Que si el libro estaba ya en un banco de Suiza o el temor a que lo estuvieran seccionando en pliegos. ¿Qué tal un Ocean’s 14? Pero no.

Ya lo decía Americo Picaud en el mismo libro que ahora nos ocupa: “Las gentes gallegas concuerdan mejor que las demás gentes españolas con las nuestras francesas, por las costumbres cultas; pero se las tiene por iracundas y litigosas en gran manera”. Ahora nos dicen las informaciones que han detenido al electricista de la catedral. De confianza de toda la vida. Que iba a misa todos los días. Que tenía el manuscrito en el garaje. Que todo ha sido por un quítame allá esas pajas y muchas supuestas facturas impagadas por parte del Cabildo. Hasta un total de 40.000 euros. Que ha sido por venganza, por reprimenda, por un “y ahora os vais a enterar”. Nuestro ladrón internacional era un Manolo del Milladoiro al que se le habían hinchado las narices, después de mucho sisar del cepillo. Nada de mercados negros del arte. Nada de intrincadas operaciones transoceánicas. Una vez más era una cuestión de lindes. Pues sí, seguimos siendo los mismos de siempre. Ahora entiendo por qué los compostelanos permanecen impermeables ante el mundo. Nosotros nos llegamos y nos bastamos.

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