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El spleen de NYC

05/10/2011 by Alejandra Juno

Para entablar conversación me había preguntado por mis experiencias en mi nuevo destino. Supuse que mostrar una actitud positiva sería más beneficioso a largo plazo. Al fin y al cabo no nos conocíamos de nada y no me parecía pertinente empezar con un rosario de quejas, de lo que, por supuesto, soy perfectamente capaz.

-Maravilloso, maravilloso, absolutamente fascinante-, pronuncio llena de razón.

-¿En serio?- me suelta entre sorprendido y decepcionado. En tiempo récord recalibro mis opciones. No quiero parecer una ingenua; ser una ingenua es un pecado nefando en estos tiempos de sobreinformación.

-Oh, sí, fascinante- reconduzco -fascinante en el sentido en que es fascinante la entomología; casi como un experimento sociológico-. Estoy convencida de que lo del experimento sociológico y lo de arrojar a la conversación una palabra acabada en -logía me dará un poco más de tiempo.

-No sé, a mí me aburren, me parecen muy simples, no ofrecen nada interesante, parece que han nacido ayer…-

Vaya por Dios, he dado con un ser de oscuridad. Hay personas que son como agujeros negros. Nada les gusta. Y si algo les gusta posiblemente sea lo contrario de lo que tú acabas de decir. Tienen ese don. Da igual el ímpetu que se ponga en mostrar lo más lucido de tu verborrea. Se lo tragan todo y lo escupen con una textura dura y pesada que acaba impactando en tu cara.

A ver cómo salgo de esta. Si hay algo peor que parecer ingenua es parecer simple. Puede significar la muerte social en determinados ambientes. Opto por el discurso humanista. Craso error.

-Sí, bueno, eso es lo que tienen de fascinante. Tienen la simpleza de lo intacto, de lo que nunca se ha roto-

Vale, bien, el discurso humanista ya no vende. Estamos en la postmodernidad. Mira hacia los lados. Primero hacia el lado derecho, luego hacia el izquierdo. Me mira de nuevo. Otra vez al lado derecho y vuelve a la carga:

-Eso les hace profundamente tediosos- desaprueba.

Me lo tomo como algo personal. Pero ya no puedo volverme atrás. Si digo, “sí, sí, bueno, claro, eso puede tener su parte de tedio”, voy a parecer una veleta al viento. Y con el aire que levanta mirando a todas las esquinas de la habitación clamando ayuda, voy a dar más vueltas que un tornado. Me armo de valor y apelo a la estética. Necesito armamento pesado más que nunca.

-Pero hay algo indescriptiblemente hermoso en no haber sufrido nunca. En no conocer el fracaso. ¿No crees?-

Esto tiene que surtir efecto. Thomas Mann me daría la razón. Silencio. Bostezo. Desesperada insisto en mi lado más bucólico. No puede ser que vaya a quedar yo como una cateta a babor a estas alturas.

-Representan ese momento de la existencia en el que todo es posible. En el que todas las promesas aún pueden ser cumplidas-

Esta vez me mira fijamente. Me mira con cara de, ay, “esta tía de qué va”. Aparta de nuevo la mirada, asiente, mira su copa.

-Si todos fuéramos capaces de mantener intacto ese núcleo que nos define, el mundo sería definitivamente diferente-, y corono el alumbramiento con una cálida sonrisa. Ya estamos en la fase de los trucos sucios. Observa fijamente a un compañero que está a unos tres metros, pero sin hacernos el maldito caso. Ya son dos ninguneándome. Me meso los cabellos interiormente. Si llego a saber que mi interlocutor está tan de vuelta de todo hubiera empezado al modo del Spleen de Paris. Y la culpa es mía. De ser menos ingenua habría respondido en plan gallego y a la primera de cambio habría ejecutado un: -¿qué te parecen a ti?- en maniobra defensiva. Pero quién se iba a imaginar semejante downer.

–Ya- perpetra con una mezcla de asco y desinterés.

Bajo el diapasón –Encuentro francamente optimista el ambiente-.Ya no me mira. Lo estoy perdiendo, lo estoy perdiendo, –y por naturaleza soy una persona a la que le gusta vivir nuevas experiencias, así que muy bien-.

¿Pero a quién le disgusta alguien abierto a nuevas experiencias, por Dios? Literalmente empieza a rascarse.

–El otro día, por ejemplo…-Me corta. O mejor dicho, aborta mi intervención con un volumen atronador,

–Fulanito, ¿vas a ver este domingo el partido?-

–Puede- responde el otro a gritos desde la otra esquina de la sala.

–Menuda temporada. Menganito  debería irse a su casa, pero ya-.

Se enzarzan en recrearse en derrotas y decadencias. Ha pasado. Me ha dejado con la palabra en la boca. El grupo aumenta reafirmándose en si Zutanito es un paquete y en si Perenganito debería retirarse inmediatamente porque lo único que hace es el ridículo. Sigo su conversación durante unos minutos con la sonrisa petrificada en mi cara. Como si no fuera conmigo. Me convierto en convidada de piedra del linchamiento. Se me resiente el ego. Nunca aprenderé que los seres humanos son mucho más simples de lo que en principio se sospecha. Desbaratada me retiro del juego. Quizás ahora le parezca mucho más interesante.

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4 Comments »

  1. Carlos dice:

    Desde luego hay gente a la que de pequeño no le pegaban en el colegio.

  2. Sursum Corda dice:

    Te leo siempre

  3. Sursum Corda dice:

    sí, te leo siempre y siempre me haces pensar

  4. Don Cucufato dice:

    ¿Qué hablablas con un europeo?

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