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a noviembre 15th, 2012

  1. El billar

    noviembre 15, 2012 by Alejandra Juno

    ¿Han tenido alguna vez la experiencia de estar jugando al billar y que te estén dando literalmente una paliza? Yo la tengo muy a menudo porque jugando al billar básicamente, afrontémoslo, doy asco. Ésta ha sido una de esas noches. Estás ahí, atrapada alrededor de una mesa de fieltro verde, de la que no puedes escapar, porque sabes que aún, obligatoriamente, te quedan tres partidas por jugar. Los jugadores no suelen ser muy habladores ni tampoco muy empáticos. Al fin y al cabo se trata de una competición. Ganar o morir. Y lo peor no es perder. Lo peor es la consciencia de que tienes que seguir perdiendo. No es tu noche. No hay manera de meter una sola bola en el bolsillo. Y aún quedan tres partidas por jugar. Y tu contrincante te está dando una paliza. Y ni siquiera te mira.

    Y entonces aparece él, ese chico de tu equipo que puede encajar las bolas con los ojos cerrados. Podría ser español. Pelo y ojos oscuros. Amable, simpático. Le gusta “Eternal sunshine of the spotless mind” y “Scarface”. La otra noche te ha dicho que ha ganado gracias a ti. A ti, cuya colaboración no ha pasado de pronunciar “good shot” cada vez que ha hecho exactamente lo que quería hacer. Acostumbras a quedarte con la boca abierta cuando ves con qué facilidad empuja el taco, con qué estilo observa la mesa, con qué gracia, en definitiva, gana. Y se acerca a ti, y te da un consejo. Un consejo que parece no tener ningún sentido. Apunta a la bola negra, cuando aún tienes todas tus rayadas sobre la mesa. Ir a por la bola negra, desencadenará un grácil movimiento en toda la mesa. Es un tiro de dificultad media, pero no demasiado difícil. Haz eso. Y lo haces. Y el resultado es un desastre.

    Y entonces deseas con todas tus fuerzas que él ocupe tu lugar. Que coja tu taco, que acabe con esta agonía. Para él sería tan fácil. Sería tan fácil acabar esta partida en minutos y hacerse con la victoria. Pero ese es el problema de la vida. Que nadie puede jugar por ti. Por muy amables y simpáticos que sean. Y ahí estás, obligada a jugar tres partidas más. A perder tres veces más.

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